jueves, 22 de diciembre de 2011

El Reino de China 1

Seis navíos de la Armada Real china, con todas las velas al viento, escoltaban a los dos barcos que llegaban de Manila con noticias del bandido más buscado del reino. Eran las cinco de la tarde del 5 de julio de 1.575 cuando los castellanos contemplaron por vez primera las murallas de Tonsuco. En el puerto les esperaban el corregidor y tres capitanes delegados del Conbun, cargo que denominaba al virrey de la provincia. Penetraron a pie por la puerta principal de la ciudad, profusamente decorada con ribetes dorados, y los llevaron por pequeñas calles encaladas hasta las Casas Reales donde se iban a alojar. Los españoles se quedaron admirados por la riqueza de sus aposentos y fueron agasajados con interminables banquetes y se reían intentando capturar las presas de comida con unos extraños palillos de madera.

El corregidor se hizo cargo de los prisioneros y con tranquilidad pudieron pasear por aquella ciudad donde vivían cuatro mil habitantes y más de mil soldados. En la puerta siempre había dos centinelas que interrogaban a todos los extraños; la comitiva de los Castilla, invitados especiales del Conbun, nunca fueron molestados. Las casas chinas no se veían, ocultas tras puertas de colores, tan sólo se adivinaban los tejados graciosamente curvados. En ocasiones se vieron sorprendidos por las sillas donde eran transportados los principales de la ciudad; cuando esto ocurría, todos se apartaban para dejar el paso libre a la silla de hombros alzada por esclavos y se inclinaban a su paso. Los hombres, membrudos y con barba rala, llevaban los cabellos largos, recogidos encima de la cabeza con un bonete. Les sorprendió la vestimenta de sus anfitriones, varios sayos largos de seda multicolor y bromeaban con que todos parecían frailes muy ricos. Permanecieron en Tonsuco dos días, al tercero les condujeron hasta unas barcas de remos y se dirigieron río arriba.

La corriente era caudalosa y los sampanes cargados de pescado fresco se cruzaban a su paso sin cesar; cuando esto sucedía, los pescadores se arrodillaban. La tercera noche la pasaron en Tangao y desde allí, montados en sillas de manos, atravesaron montañas y valles en dirección a Chincheo. El capitán Sinsay contestaba diligentemente a las preguntas que el Padre Martín de la Rada le hacía sin descanso. Si el camino no era demasiado estrecho, el agustino mandaba colocar su silla a la altura del capitán chino y seguía con el interrogatorio. El Padre Rada se enteró de que en China la agricultura era la labor más preciada; atravesó arrozales y preguntó; cruzaron las tierras del algodón y preguntó; observó las legumbres desde la altura en que viajaba y se admiró de los campos labrados por búfalos y las casas con cercados de puercos, vacas, cabras, patos y gallinas. Se enteró de que en Chincheo había minas de oro y plata y en Ucheo de plata. Su mente de cosmógrafo dibujó en su imaginación las quince provincias que componían el Reino de China y Pekín, la capital, donde vivía el Rey. Supo que trece de ellas estaban gobernadas por virreyes, llamados conbun; y que las dos restantes, Pekín y Lanquin, eran administradas por el Consejo Real. Tras varios días insistiendo sobre el mismo tema pudo comprender cómo se organizaba tan vasto imperio: un virrey en cada provincia, un gobernador en cada ciudad, un alcalde mayor en cada villa; además de la gente de la guerra. Cada alcalde mayor tenía a su cargo a otros alcaldes, uno por cada mil habitantes. Le costó entender qué funciones tenia la figura del visitador o chaen, la persona que iba de ciudad en ciudad inquiriendo sobre los agravios que habían cometido las diferentes autoridades para dar cuenta al Consejo Real o al Rey; un cargo que no podía durar más de un año. También supo de las distintas clases de esclavos, los antiguos, los que se vendían por deudas y los castigados por delitos y aprendió a diferenciarlos al comprobar que iban vestidos con unas mantas azules. El resto de la embajada se entretenía durante el camino observando a los trabajadores chinos que, tapados por unos gorros picudos, se inclinaban de sol a sol en los campos. También grabaron en su memoria las figuras de los campesinos acarreando agua sobre unas pértigas que colocaban en sus hombros y de las que descendían dos cubos.

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