lunes, 19 de diciembre de 2011

EL CERCO DE PANGANSINAN 6

El capitán del barco miraba desde la torre de vigilancia hacia el grupo que, sentado en la sombra del parasol hecho con una vieja vela, se divertía planeando el futuro de las islas. Por el cargo del pasajero debía callar pero interiormente se lamentaba de la poca fortuna que iban a tener los valientes soldados de Filipinas. Observaba con dolor al sustituto que el Rey había mandado para suplir la desgraciada pérdida del Adelantado López de Legazpi que tan buen juicio y exquisitas maneras dejó siempre al descubierto. Un soldado fue para él que lo había conocido en innumerables batallas, pero un soldado que podía llevar a gala el título de caballero. El capitán de la nao Santiago no acertaba a comprender que aquellos groseros que jugaban a las cartas, vestidos con ropas de escribanos, con finos pañuelos de encaje, pudieran ser los escogidos para sacar adelante el proyecto que, con tanta ilusión y coraje, había comenzado el desaparecido Legazpi. Sande era un jovenzuelo de poco más de 20 años con muchas, demasiadas pretensiones. Nacido en Cáceres de una familia de hidalgos venida a menos, se decía que estudió leyes en Salamanca. Su carrera política y administrativa acaba de comenzar en Nueva España donde había ejercido a su corta edad varios cargos como Fiscal, Alcalde del Crimen y Oídor de la Audiencia. Su carrera, como demostraba el nuevo cargo que el Rey le había conferido, iba a ser muy brillante y exitosa. Era un hombre de Estado, muy alejado de las costumbres y los códigos de honor de los soldados. Esos soldados que hasta entonces habían luchado por conquistar las lejanas islas de Filipinas y sus alrededores.

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