viernes, 16 de diciembre de 2011

EL CERCO DE PANGANSINAN 5

Una calma absoluta envolvía la superficie turquesa del océano. La nao capitana Santiago no podía mover su pesado casco por aquella masa de agua inerte. Habían salido de Acapulco el 6 de abril de 1.575, el buen tiempo infundió esperanzas a los tripulantes e ilustres pasajeros pero la brisa fue tornándose inmóvil y el trayecto hasta la primera escala en las Islas de Los Ladrones estaba resultando penoso. El nuevo gobernador de Filipinas, Francisco de Sande, su hermano menor, Bernardino, y su compañero de andanzas, Luis de Sahajosa, jugaban a las cartas en cubierta, bajo un toldo dispuesto por los marineros para soportar el sol que caía de pleno durante todo el día.
- Malditos cabrones, les he pedido un vaso de agua y ni siquiera me han mirado.- Luis de Sahajosa se secaba el sudor que le caía por los ojos con un pañuelo blanco. - No sé cómo me he dejado convencer para seguirte en este viaje. El camarote es un infierno, hasta las sábanas del catre queman y aquí fuera nos consumimos con este maldito sol. Si pudiera te abandonaba, Francisco, en medio de este asqueroso mar de mierda y me volvía a México. Ah, mi dulce Raquel... Todas las noches la recuerdo, su acento suave susurrándome al oído "mi hombretón"... y ese par de…
- Cállate, Luis, y deja de soñar. A mÍ tampoco me gusta este barco ni esos asquerosos marineros, por no hablar del capitán. Pero tenemos que aguantar un poco más, las cosas cambiarán mucho cuando lleguemos a Manila. Soy el gobernador y ahí sí que me tendrán que respetar. ¡Eh, tú, bellaco! Mi amigo te ha pedido agua hace rato ¿qué esperas para traérsela? ¿Que te salga barba en esa cara de mujercita? - Sande se reía y no se daba por enterado de las miradas de odio que todos los tripulantes le lanzaban. Su hermano Bernardino, de apenas quince años, lo miraba con admiración. - Venga, Luis, tira una carta que nos va a pillar aquí el Juicio Final.
- Sesenta días encerrados en este estercolero - siguió quejándose Sahajosa. - Espero que en Manila haya buenas tabernas donde perder el sentido y mujeres, muchas mujeres. - Los tres irrumpieron en groseras carcajadas. - Aunque por lo que me han dicho, las filipinas tienen unas tetas muy pequeñas.
- No te preocupes, Luis- replicó Sande bebiendo agua que habían traído. - ¡Qué asco! Caliente, no hay quien se la beba, todo está caliente en este apestoso barco. Si es preciso, Luis, las engordaremos... El Rey me ordena encarecidamente que cuide a los naturales, que los trate bien y los adoctrine- dijo con ironía. Las risas se escuchaban desde el navío San Juan que les seguía a la misma altura. - Las adoctrinaremos bien. ¡Ja, Ja! Y también adoctrinaremos a esos maricones que han llevado hasta ahora el Gobierno de Filipinas. Ya tengo ganas de ver las caras de ese tal Guido de Lavezaris y del maestre de campo. ¿Cómo se llama? Goiti; eso, no sé qué Goiti. Dice Su Majestad que los cuide y les gratifique por sus servicios, pero están muy equivocados si piensan que van a comer a costa de la Corona ¡Muy equivocados! Creo que ya se han repartido todas las tierras a través de encomiendas; algo me ha contado el virrey de Nueva España. Se les va a acabar pronto esa forma de vida. Nosotros vamos a conseguir que Filipinas sea tan importante corno lo es Perú o Nueva España. ¿Qué han hecho esos vagos en todos estos años? Nada, no han hecho sino quejarse. Y esto si obviamos al venerado Miguel López de Legazpi, que lo mejor que hizo fue morirse rápido; no son hombres de gobierno. Son patanes. Un sastre, eso es lo que era Legazpi. - Las risas volvieron a atronar en cubierta. - Y de los religiosos también nos encargaremos; siempre pidiendo, siempre pidiendo para llenar su bolsa, porque los curas no tienen nunca la bolsa vacía. Para eso te necesito, Luis, voy a hacer muchos enemigos y sólo os tengo a vosotros para que me apoyéis. Bernardino, tú aprende de Luis y de tu hermano, que soy yo...

El jovenzuelo asentía y sus risotadas coreaban al compás.

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