jueves, 15 de diciembre de 2011

EL CERCO DE PANGANSINAN 4

Los centinelas españoles vigilaban siendo vigilados a su vez por los espías chinos. "No sé qué pueden hacer ahí adentro. Se mueven de un lado para otro como cochinos enjaulados. Dentro de poco se amotinarán, en cuanto les falte la comida..." Los vigilantes se divertían con ese juego del gato y el ratón. Los terrenos que rodeaban la fortaleza de los enemigos eran impracticables, pantanos donde los insectos revoloteaban, fango y agua embalsada. "La verdad, dicen que este tirano es muy inteligente pero yo que él hubiera puesto el fuerte en un terreno más llano y seco para tener la posibilidad de huir por varios lados" comentaban los soldados creyéndose más listos que el acosado. "Sí que es cierto, con la posición de los muros rodeando las ciénagas, sólo ha dejado una posibilidad de escapatoria: la puerta principal y, enfrente, nos tiene a nosotros con muchísimas ganas de disparar". El capitán Salcedo no era tan confiado. Compartía las impresiones de los soldados pero adivinaba alguna baza oculta en la especial localización del enclave.
- No sé, estoy de acuerdo en que sólo hay una posible escapatoria, pero no acabo de comprender por qué un hombre de guerra tan avezado, con experiencia en situaciones comprometidas, ha escogido un lugar tan poco afortunado para él. En un terreno seco y liso podría abrir nuestra defensa y nos obligaría a rodearlo, con lo que nuestras fuerzas se dividirían, nos debilitaría, y tendría más posibilidades de escapar.
- No te preocupes, Juan- dijo Pedro de Chaves. - Seguro que todo lo que cuentan de ese Li- Ma- Hong no son más que fantasías engrandecidas por las lenguas de esos comerciantes de los que yo no acabo de creerme ni la mitad de lo que cuentan. Estos chinos son mentirosos por naturaleza.
- Lo sé, Pedro; sin embargo, no estoy tranquilo. He recorrido los alrededores y lo único que he visto son las cabezas de algunos centinelas. He andado con el agua por encima de las rodillas, matando mosquitos, separando la maleza que te rasga la piel y creo que, desde una visión militar, es imposible que decidan huir a través de los pantanos. Sería un suicidio. En fin, sólo podemos esperar que dentro de poco les falte la comida y salgan con los brazos en alto.

Miguel de Luarca recibió con alegría a su nuevo pasajero, Fray Martín de la Rada. El meticuloso fraile se fijaba en los más mínimos detalles, todo lo anotaba en su memoria para después transcribirlo. Mantenía una ágil correspondencia, dentro de lo que se podía debido a la distancia, con Juan Bautista Gessio, cosmógrafo de Felipe II, y sus cartas repletas de descripciones minuciosas y teorías de navegación eran muy valoradas por los expertos en asuntos del mar del Imperio. Los habitantes de Filipinas sabían de esta afición y nadie se molestaba por las continuas preguntas del agustino que iban desde la flora del lugar hasta los cabos de los barcos en los que se montaba. Siempre investigaba sobre las formas de mejorar la navegación y la colonización. Todo le importaba, el tamaño de una vela, la corriente marina más propicia para acelerar y asegurar los viajes a Nueva España o entre las islas. Nadie se tomaba a broma los esfuerzos de Rada, sabían que de hombres como él y de sus esfuerzos y descubrimientos dependían muchas vidas; más en Filipinas donde tantos navíos se perdían ante la imposibilidad de encontrar un camino marítimo seguro para el viaje de regreso de los buques hasta Acapulco y donde los vientos traicioneros truncaban las esperanzas de los pioneros de esas lejanas tierras varias veces al año. El número de naufragios era muy elevado, por desgracia.

Otro barco les acompañaba en su viaje hasta Manila, era el buque del capitán Sinsay. A mitad del recorrido, dos navíos chinos toparon con los navegantes. Sinsay y Miguel de Luarca mantuvieron una interesante charla con el capitán que comandaba las naves, Oumoncon. Las noticias que trajo acongojaron a los castellanos y juntos dirigieron sus proas a Manila para dar cuenta al gobernador. Lavezaris recibió con premura a los visitantes y, ejerciendo como intérprete Sinsay, se enteró de algunas costumbres desconocidas del famoso pirata.
- Li- Ma- Hong siempre cortar mucha madera cuando llegar a un sitio y tener mucha comida en almacenes. Con la madera él hacer barcos. Ya hizo antes eso. Li- Ma- Hong, rodeado por doscientos hombres, zas, romper cerco y con barcas de madera salir.
El gobernador Lavezaris miraba asustado a Miguel de Luarca esperando que le confirmara si esos preparativos estaban teniendo lugar en Pangansinan. Luarca se encogió de hombros. "No sé qué están haciendo dentro del fuerte. Nadie lo sabe", dijo con cara de desolación. Oumoncon venía de parte del Virrey de Yeheó para comprobar que el temido corsario estaba a buen recaudo y no podía escapar. El emisario del Virrey se mostró inflexible y solicitó ir en persona al cerco de Pangansinan.

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