martes, 13 de diciembre de 2011

EL CERCO DE PANGANSINAN 2

En marzo de 1.575, los capitanes Luis de la Haya de Panay y Pedro de Chaves de Camarines atracaron en el puerto de Manila con refuerzos. Durante ese mes, el nuevo maestre de campo, Juan de Salcedo, abasteció la flota con municiones y bastimentos, los necesarios para una gran confrontación. El 21 de marzo se desplegaron las velas de la armada compuesta por sesenta embarcaciones con seiscientos españoles, entre soldados y oficiales, y mil cuatrocientos naturales amigos. Pocas jornadas después alcanzaron la desembocadura del Río Pangansinan. Un río muy ancho con las orillas cubiertas de maleza y el agua turbia.
El capitán Salcedo, nada más llegar, cerró la desembocadura con varios barcos encadenados para evitar que los piratas se hicieran a la mar y envió a tres capitanes a inspeccionar la zona con órdenes expresas de tomar algún navío si tenían oportunidad. Li-Ma-Hong se encontraba tan confiado que no había colocado centinelas que le avisaran de un posible ataque. Los capitanes Pedro de Chaves y Lorenzo Chacón avanzaron por el río con ochenta soldados, llegaron a la flota que descansaba unas dos leguas arriba y sin problemas la redujeron a cenizas. Su compañero, el capitán Juan de Ribera, que había subido por tierra con apenas treinta soldados, sorprendió igual a Li- Ma- Hong y con gran despliegue de artillería entraron en la fortaleza matando a los hombres y capturando a las mujeres y niños que corrían a refugiarse sin conseguirlo en un segundo fuerte interior donde el corsario se había atrincherado.
Más de mil pasos tenía el cercado de punta a punta, los españoles no se aventuraron muy adentro ante el temor de ser acorralados, como ellos hicieron en la defensa de Manila. Atando a los rehenes volvieron al lugar en que les esperaban el resto de las fuerzas. Tres muertes tuvieron que lamentarse aquella noche pero Salcedo y sus compañeros estaban contentos por la derrota infringida al adversario. Los setenta rehenes protestaban sin parar hasta que fueron encerrados en las bodegas de los barcos. El capitán Salcedo dejó los barcos en la desembocadura y se encaminó con todas las fuerzas disponibles a dar asalto a la fortaleza china. Asentó el campamento frente al enemigo, con dos pedreros y dos piezas de artillería, esperando que Li-Ma- Hong respondiera a la provocación; el tirano, que era impaciente, no tardó mucho en comenzar a disparar. Los españoles ofrecían un blanco fácil para los expertos tiradores piratas y, lo que meses antes había ocurrido en Manila, sucedió ahora en Pangansinan; las bajas de los castellanos y los naturales amigos fueron numerosas. El capitán Salcedo sabía que continuar era una locura. "Nos matará a todos. Debemos retroceder”.
Una cosa era retroceder y otra huir. Los españoles no pensaron en ningún momento en esta posibilidad así que construyeron una cerca de troncos tapando la desembocadura del Pangansinan, donde antes fondeaban los navíos encadenados, y se dispusieron a esperar. "No puede estar mucho tiempo ahí dentro. No tiene barcos con los que huir, ni comida para sobrevivir. En una semana habrá salido" era el pensamiento generalizado de los asaltantes, una confianza ciega los animaba y no se preocuparon más. Pasó una semana, dos y tres. Los castellanos estaban cansados, la tierra era pantanosa, los mosquitos picaban incansables.

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