viernes, 9 de diciembre de 2011

EL CERCO DE PANGANSINAN 1

Manila quedó arrasada, ni una de las ciento cincuenta casas, que con cariño habían levantado los españoles en aquellos años, se mantuvo en pie; el fuerte también estaba seriamente dañado. Era necesario un esfuerzo extra para levantar Manila de nuevo. Se necesitaba tanto dinero como mano de obra. Guido de Lavezaris solicitó a los encomenderos que le enviasen tres mil pesos para iniciar las labores de reconstrucción y el capitán Juan de Salcedo presionó a los jefes de las tribus locales y los mantuvo prisioneros para forzar a los indios a trabajar en la selva cortando madera. El gobernador, en reconocimiento al auxilio prestado por el joven, le nombró maestre de campo en sustitución del desafortunado Martín de Goiti. "Es un honor para mí que tú, Juan, seas mi nuevo compañero. Sin tu llegada providencial y tu buen juicio, no estoy seguro de haber podido contemplar esta amarga victoria”. Los presentes aplaudieron la designación del nuevo maestre. "Nunca un cargo fue tan merecido" comentó Andrés de Cauchela, siendo esta afirmación corroborada por los demás.

El Monasterio de San Agustín fue lo primero que se arregló, Cuando las paredes de la primera capilla estuvieron levantadas, Lucía del Corral colocó la imagen de San Antonio en un hueco al lado de San Pedro. Los dos santos habían sido pegados con esmero por los frailes agustinos y la pequeña estatua de madera, que había salvado la vida de la mujer, se convirtió con el tiempo en la más venerada del lugar. Se le atribuían toda suerte de milagros y las esposas de los soldados le llevaban flores para que los protegiera de las heridas de puñales y espadas. Esa Navidad los Oficios Religiosos se celebraron en la capilla sin techo del que sería el nuevo Monasterio de San Agustín. Los supervivientes se agolparon para dar gracias por continuar con vida y rezaron con profundo dolor por los fallecidos. Fue la Navidad más triste desde la fundación de Manila.

A finales de enero, unas sorprendentes noticias alarmaron a los Castilla. Superado el susto del asalto y creyéndose a salvo, no se habían preguntado qué había sido de Li- Ma- Hong. Todos pensaban, entre clavo y clavo, machetada y machetada para rehacer sus casas, que el corsario chino se había ido con el rabo entre las patas y estaría lejos, refugiado en alguna isla.

El destacamento de Ilocos era el que había llegado en auxilio de los cercados con Juan de Salcedo a la cabeza, esa zona se había quedado sin ningún español, por eso tardaron tanto en conocer el refugio del pirata. Fueron dos agustinos, Fray Martín de la Rada y Fray Agustín de Alburquerque, quienes emprendieron viaje después de Nochebuena hacia Ilocos, allí escucharon a los indios que el jefe pirata se había refugiado en el Río Pangansinan, muy cerca de Manila. Había construido un fuerte y se hacía llamar "Rey de Ilocos". Haciendo uso y abuso de su cargo obligaba a los indios a tributarle oro y comida. A nadie se le ocurrió negarse tan atemorizados estaban por su crueldad.

Los dos frailes comprendiendo la gravedad de la noticia volvieron sin demora a Manila para avisar a Lavezaris. Fueron recibidos en Manila con sorpresa. Cuando los soldados tuvieron conocimiento de la noticia comenzaron a gritar y amenazar. Todos querían salir inmediatamente camino de Ilocos para acabar de una vez por todas con Li-Ma-Hong. Pero el gobernador más prudente calmó los ánimos como pudo y decidió esperar un poco, ya estaba bien de imprevistos y de mala planificación. Para vencer a un enemigo tan cruel y peligroso era preciso organizar una completa armada con todos los soldados de las Filipinas, y así juntos asestar el golpe definitivo al pirata. Reunir a todos los españoles del archipiélago no era tarea fácil. Estaban diseminados a lo largo de numerosas islas y territorios, la tarea duraría bastante tiempo. Lo primero que hizo fue despachar avisos urgentes a Panay, Cebú y Camarines para que se reunieran en Manila los capitanes de esas comarcas con soldados e indios amigos. Los nervios afloraron durante esos meses de espera.

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