jueves, 8 de diciembre de 2011

ASALTO A MANILA 5

Los secuestradores salieron a las dos de la madrugada, ésa fue también la hora elegida por Li- Ma- Hong para volver al ataque. Tras el fracaso inicial decidió bajar él mismo a tierra. Este gesto atemorizó a sus sicarios que lo entendieron como una obligación de morir luchando. El gran jefe no permitiría una retirada como la que ya habían protagonizado dos días antes. A esa hora, las dos de la madrugada, los españoles fueron sorprendidos por tres salvas de artillería. No podían en medio de la oscuridad adivinar los movimientos de la flota pirata. Los invasores descendieron los bateles de la Armada que en formación esperaba frente a Manila cuando apareció en el horizonte la primera luz diurna. Li- Ma-Hong, sentado en una silla sobre la arena, distribuyó sus fuerzas en dos escuadrones de más de mil hombres y mandó retirar las lanchas de la orilla. Sioco, el lugarteniente del corsario, repartió a su vez el escuadrón que tenía a su cargo en tres grupos que avanzaron por la playa, el río y el centro de la ciudad. El resto esperó en la retaguardia. Los españoles se encerraron en el fuerte y Lavezaris no dejó salir a nadie.

La batalla comenzó. Los chinos arrastraban consigo numerosos y pesados artificios de fuego de los que salían unas bolas ardientes que quemaban la madera y todo lo que cogían en su vuelo. Los soldados, parapetados tras los troncos de la empalizada, comenzaron a disparar sus arcabuces causando muchas bajas en el bando contrario pero Sioco azuzaba a sus hombres sin piedad; a quienes se iban rezagando los azotaba con un látigo que sostenía en su mano izquierda, con la derecha apuntaba el arcabuz. Los piratas avanzaban por todos los frentes sin resistencia y fueron a concentrarse en el fuerte. Los españoles en franca minoría seguían disparando contra los que trepaban por el muro. El fuego alcanzó las Casas Reales, los heridos se acumulaban en el interior, no había tiempo para recogerlos y mucho menos curarlos. Las mujeres dejaron de rasgar enaguas y vestidos y concentraron sus esfuerzos en apagar las llamas que iban avivándose amenazando con quemarlos a todos. Sioco alentaba a su gente que, gritando feroces, empujaban con un tronco la puerta principal de la fortaleza hasta que cedió. Los Castilla quedaron al descubierto y se apresuraron a pelear cuerpo a cuerpo mientras se replegaban hacia el cercado de tablas y arena que habían levantado en el centro de la plaza, Los niños lloraban, los cadáveres caían, los frailes rezaban, las mujeres arremetían con las espadas que los heridos abandonaban. Un grupo de soldados españoles, dirigidos por Juan de Salcedo, logró atrancar la puerta de nuevo; unos quinientos chinos quedaron atrapados y fueron rematados sin mucho peligro.

Sioco fue uno de los que quedaron cercados y sintió demasiado tarde el zumbido de la bala que le explotó en el corazón. La sangre le salía a borbotones por la herida, sujetándose el pecho avanzó cuatro pasos hasta derrumbarse sobre Fray Martín de la Rada. Sin la dirección del capitán nipón, los piratas se desconcertaron; los que llegaban a lo alto del muro veían caer a sus compañeros acuchillados y comenzaron a dar marcha atrás. Cuando los corsarios del interior fueron derrotados, Lavezaris abrió la puerta del fuerte y gritó que los persiguieran hasta la playa.


El asalto duró desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Envalentonados por su inesperado triunfo, los Castilla salieron chillando en persecución de los que retrocedían en dirección al mar. Los piratas enfurecidos quemaron todas las casas. El Monasterio de San Agustín, donde se guardaban las únicas obras de arte de las islas y algunos documentos importantes, fue pasto de las llamas.


En cuanto tuvo noticia de la muerte de Sioco, Li- Ma-Hong llamó a uno de los bateles y regresó a su guarida en alta mar. Sus hombres llegaron a la playa pero las lanchas no estaban esperando para salvarlos, solos y abandonados no pudieron hacer otra cosa que batirse en la arena contra los soldados que los perseguían. Los que pudieron se escondieron entre los matorrales de la jungla. Sabían que el temido corsario no mandaría las barcas hasta que hubiera oscurecido para evitar que los Castilla tomaran alguna de ellas y se acercaran hasta su refugio. Los españoles celebraron la victoria. De madrugada sonaron las campanas llamando a los vencidos que sigilosamente salieron de la espesura con miedo. Los muertos eran incontables. El amanecer del 3 de diciembre de 1.574 descubrió un horizonte limpio de velas asesinas.

1 comentario: