jueves, 8 de diciembre de 2011

ASALTO A MANILA 4

Lavezaris no dudó de la veracidad del relato. Sabía de la ferocidad que eran capaces de desplegar sus vecinos del reino de China, y si ese Li-Ma-Hong era temido por ellos, mucho más debían de cuidarse ellos que apenas eran unos pocos soldados en un terreno sin fortificar. Cuando regresaron los soldados, Lavezaris separó a los hombres en dos grupos, envió al primer grupo a la selva para recoger a los que andaban escondidos y llevarlos de vuelta al fuerte para refugiarlos. El segundo comenzó sin demora a quitar la paja y las palmas de los tejados y a llenar con arena barriles, sacos, cajas. Se trataba de hacer un cercado en medio de la plaza del fuerte.
La noche llegó, la selva se cerraba en torno a los huidos que habían perdido el sentido de orientación para volver a sus casas; los Castilla los iban agrupando y los acercaban hasta la orilla del río Pasig para que, siguiendo su cauce, llegaran hasta la fortaleza, pero la labor era complicada. El poder de los soldados españoles en aquellas tierras era todavía muy débil. Las tribus se rebelaban un día sí y otro también, y se oponían a la invasión. El poder de los Castilla se basaba en aquellos primeros años en la defensa que hacían en algunas zonas de Filipinas contra los moros, los indígenas preferían esa defensa española a caer en manos de los musulmanes. Otra base de la conquista fue la pacificación de las luchas tribales. Las islas Filipinas eran un conglomerado de cientos de tribus, razas, idiomas y costumbres.
La base de la conquista era frágil, muy frágil, por eso en aquella noche de finales de noviembre, la mayoría de los indígenas que vivían en Manila, al ver que el número de invasores chinos era muy superior, decidieron rebelarse a la autoridad castellana y se negaron a ayudar a los soldados. Muchos pensaron que había llegado el momento de ver cómo aquellos altivos extranjeros eran vencidos y se volvían a su tierra. No sabían que los chinos se habían replegado pero decidieron ayudarles en aquella lucha que había comenzado. No tenían armas, pero tiraban piedras a los soldados que los buscaban en la espesura y se reían de ellos. Un grupo de indios acorraló a dos frailes y, con agua hirviendo, los bautizaron entre risas. Los agustinos rezaban intentando no gritar mientras sentían el dolor lacerante de las quemaduras que les produjeron en la cabeza y la cara. Otros, alentados por el desconcierto de los españoles, que no comprendían la actitud de los hasta entonces pacíficos indios, asaltaron las iglesias y realizaron sacrificios paganos en los altares, matando carneros, rompiendo las imágenes de los santos, quebrando las cruces y bebiendo licores en los cálices.
En medio del caos, tres soldados castellanos entraron en la asolada ciudad sin aliento. "Hemos llegado demasiado tarde" se lamentaban con rabia. Corriendo entre los cadáveres que alfombraban las calles, alcanzaron el fuerte. La puerta estaba abierta y por ella entraban y salían personas muy atareadas con carretillas llenas de arena; del río subían mujeres y niños que volvían de la jungla. La esposa de Guido de Lavezaris atendía a Lucía del Corral, la herida del cuello era profunda pero no mortal, "Has tenido mucha suerte, Lucía. Si no es por el Santo estarías muerta " decía mientras intentaba separar las manos de la mujer de la figura de San Antonio sin ningún éxito. Los tres soldados preguntaron por el gobernador, pero nadie sabía de su paradero. Después de dar vueltas durante más de una hora, lo hallaron dando sepultura con sus propias manos al cadáver mutilado de su buen amigo Martín de Goiti. Con la ayuda de un soldado había trasladado los restos calcinados hasta la planicie que se extendía a la derecha del fuerte y cavando sin descanso introdujeron en el hueco el cuerpo del maestre de campo. Los forasteros no se atrevieron a interrumpir tan delicada tarea y se unieron a los rezos del gobernador. Cuando la última pala de tierra tapó la sepultura. Lavezaris los miró con extrañeza.
- ¿No eres tú el sargento Gómez? - preguntó al alejarse del improvisado cementerio.
- Sí, señor. Traemos noticias, aunque hemos llegado demasiado tarde - contestó el muchacho con respeto.
- Habla, hijo. Espero que sean buenas - le indicó Lavezaris.
- El capitán Salcedo viene hacia aquí con cincuenta hombres. Debe de estar a punto de llegar -dijo con emoción.
- ¡Refuerzos! ¡Virgen Santísima, te pedí un milagro y ésta es tu respuesta!- Los brazos del gobernador se extendieron hacia el cielo. Pasado el primer instante de entusiasmo, posó una mirada interrogante en los recién llegados-. Pero ¿cómo lo habéis sabido? Nos han atacado a traición.
- La armada enemiga topó hace unos días con una galera de quince bancos que iba a Cagayán a proveerse de víveres. Ese demonio mató a todos los tripulantes, catorce hermanos españoles y cuatro indios amigos, y se quedó con la embarcación. El capitán Salcedo lo vio todo y comprendió que venían hacia Manila y no con buenas intenciones. Nos mandó a nosotros para que le adivirtiéramos mientras él juntaba a la tropa y emprendía camino por tierra desde Villa Fernandina. Pero la mala suerte se ha cebado con nosotros y el corsario nos acosó hasta que tuvimos que salirnos de la ruta y embarrancamos. Hemos estado dos días y dos noches andando sin respiro. Sentimos mucho no haber llegado a tiempo.
- ¡Dios Santo! De Villa Fernandina a Manila son casi ochenta leguas…
Lavezaris los obligó a descansar. "Seréis de más utilidad cuando hayáis comido y dormido. Según me han informado, el asalto no ha hecho sino empezar". La noche fue frenética y pasó como un suspiro. Las mujeres y los niños, que habían regresado de la selva, se unieron a las labores de construcción del cercado. La tensión se rebajó con algunos comentarios graciosos como " parece un corral de toros" o "¿cuándo empieza la corrida?". Lavezaris dejó que los hombres se relajaran con esos chistes y al amanecer dio la orden de enterrar los cadáveres, advirtiendo que en cuanto vieran a un pirata regresaran de inmediato al fuerte.
El 1 de diciembre transcurrió lento. Los piratas regresaron para llevarse a sus muertos sin acercarse lo suficiente a donde los esperaban los Castilla; no se disparó un solo tiro. Los soldados, encaramados a la empalizada, veían a los indígenas continuar con su particular fiesta. Algunos recogían cuerpos enemigos y los acercaban a la playa donde habían encendido varias piras para quemarlos. Lavezaris y sus hombres esperaban atentos e impacientes. El gobernador, al ver cómo se afanaban lejos de ellos los asaltantes, estableció turnos de descanso y dispuso que dos espías salieran a vigilar los movimientos de los piratas.
"No es normal esta calma”. “¿Qué pretenden esos infieles?” “Van a saber quiénes somos". “Mirad cómo se esconden esos cobardes”. “Tienen miedo los canallas". Los comentarios en el interior del fuerte se confundían con el llanto de los niños que pedían comida. Lavezaris se lamentaba de su poca previsión, no había avituallamiento, no el suficiente para resistir un largo asedio pero callaba bajo la mirada vigilante de su esposa que comprendía el temor de su marido. La oscuridad inundó la plaza y con ella se escucharon las cornetas de los refuerzos que llegaban capitaneados por Juan de Salcedo. Su aparición provocó que la tensión se quebrase en vítores y aplausos de todos los que estaban encerrados en el fuerte. Los cincuenta hombres hicieron su entrada flanqueados por dos filas de enloquecidos que los tocaban como si fueran ángeles caídos del cielo. El capitán Juan de Salcedo se retiró con Lavezaris, dejando que sus hombres descansaran y comieran.
- Querido Juan ¡qué alegría me da verte! - Lavezaris abrazó al nieto de su predecesor Miguel López de Legazpi. - Ha sido terrible. Una batalla como no he visto otra hace años.
- Ya me he dado cuenta al entrar, la sangre tiñe las calles como si fuese un manto. - Salcedo era joven, unos veinticinco años, pero muy experimentado. Hacia más de un lustro que había llegado de Acapulco con dos galeones para ayudar a su abuelo en la conquista de Luzón. Su talante conciliador, heredado del primer gobernador de Filipinas, había permitido que fuese respetado por todos, incluso por los que le doblaban la edad.
- Nos cogieron por sorpresa, Juan. Apenas quedaban doscientos hombres para defender Manila. Ha sido una masacre aunque hasta ahora la Divina Providencia nos ha ayudado. Hemos perdido a cincuenta hermanos pero ellos han tenido más de seiscientas bajas. Sin embargo, no confío tanto en el futuro. Mis espías han visto la flota que traen y aseguran que en ella pueden ir cuatro mil hombres... Si restamos las pérdidas que han tenido, aún debemos enfrentarnos a un enemigo muy superior. Van bien armados y son muy sanguinarios.- Lavezaris meneaba la cabeza con desesperación. - Nosotros seguimos siendo doscientos ahora que tú has llegado.
- He pensado que puedo emboscarme con alguno de los míos y atacarles por la espalda desde la selva. Ahí es más fácil escapar - comentó el capitán Salcedo.
- Ni se te ocurra, la jungla es más peligrosa... Los indios se han rebelado al comprobar nuestra inferioridad y están haciendo atrocidades. Me da miedo hasta contártelas. ¡Esos desagradecidos!
- ¿Se han rebelado? ¿Cómo puede ser eso? No podemos permitirlo. Manda un par de hombres para que secuestren a los jefes de las tribus que viven en Manila y que me los traigan. ¿Cómo pueden levantarse esos ingratos contra nosotros? Si lo consentimos, tendremos que marcharnos de estas tierras.

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