jueves, 8 de diciembre de 2011

ASALTO A MANILA 3

Guido de Lavezaris desayunaba cuando los centinelas del fuerte le avisaron que unos enemigos habían invadido la ciudad. El gobernador, todavía un poco adormilado, no era capaz de comprender a los indios que aterrorizados se quitaban la palabra de la boca, cada uno decía una cosa y las más eran contradictorias. Alarmado pero sin saber la dimensión real de la agresión subió a una de las torres de vigilancia del fuerte y contempló el humo que ascendía de la casa del maestre de campo y de otras de los alrededores. Comprobando que era cierto que alguien pretendía tomarles por la fuerza, mandó al Capitán Alonso Velázquez y a doce hombres que salieran al encuentro de los intrusos y les cortaran el paso. El capitán y el reducido escuadrón enfilaron por la calle de los Agustinos, como se conocía a la vía central de Manila, y Lavezaris cerró el portón del fuerte. Los trece hombres alcanzaron a los corsarios que ascendían hacia su posición a la altura del Monasterio de San Agustín y allí tuvo lugar la primera refriega. Los soldados españoles quienes se llamaban los Castilla estaban en franca desventaja, trece hombres contra un ejército de piratas chinos tenían todas las de perder, pero a veces la suerte se alía del lado del más débil. Ante la inferioridad numérica no les quedó más remedio que echar mano de su valor y arrojo y multiplicarse como por encanto. El primer recuento de víctimas, cincuenta piratas rematados frente a la iglesia, les infundió esperanzas. El gobernador, que seguía la contienda desde la torre, empezó a valorar la cruenta invasión en que estaban inmersos y envió más hombres a pelear.

Los grupos de españoles se veían asaltados en cada esquina por los feroces corsarios. No contaba Lavezaris con más de doscientos hombres en aquel lugar. La población de Manila asustada abandonaba la ciudad hacia la jungla arrastrando heridos. Sin embargo, el asalto no tuvo éxito. Los arcabuces españoles no erraban tiro y al mediodía, Manila estaba sembrada de cadáveres. La sangre teñía la arena de la playa hacia donde se replegaban las fuerzas invasoras sorprendidas de una defensa tan tenaz y valiente. Las barcas les esperaban y los hombres que habían sobrevivido montaron en ellas para regresar a su escondite e informar a su jefe.

Un silencio de muerte sobrevoló Manila esa tarde del 30 de noviembre de 1.574. Los soldados recogieron los cuerpos destrozados de cincuenta Castillas y contaron más de seiscientos enemigos abatidos. El gobernador Lavezaris, consternado, daba vueltas por su despacho sin saber muy bien qué hacer. Cuando llegó el anochecer, recibió una inesperada visita. El contador real, Andrés de Cauchela, entró manchado con sangre reseca y una mano herida y acompañado del capitán chino con el que estaba hablando la tarde anterior. Lavezaris pegó un respingo cuando vio al visitante, Cauchela lo tranquilizó.
- No te preocupes, Guido. Te presento al capitán Sinsay, amigo nuestro. Quiere advertirnos del modo de actuar del enemigo que nos acosa.
Los hombres se estrecharon la mano y Lavezaris señaló dos sillas de madera que había frente a la mesa.
- El capitán Sinsay - continuó Andrés de Cauchela- es un buen amigo. Doy fe de ello pues hace varios años que mantengo contacto con él. Conoce al causante de todo este sufrimiento. Es un conocido corsario chino que responde al nombre de Li-Ma-Hong, acérrimo enemigo del Rey de China, que ha provocado en su tierra grandes alborotos. - El capitán sangley asentía con la cabeza a las palabras de Cauchela. - En el Reino de China tienen puesto precio a su cabeza. Al parecer, Li- Ma- Hong nació en la ciudad de Trucheo, en el seno de una buena familia. Un corsario amigo de sus padres lo tomó bajo su protección cuando aún era un niño y le enseñó las artes de hacer la guerra. Es muy inteligente y feroz. - Cauchela tomó aire y Lavezaris le hizo un gesto para que prosiguiera-. Con sólo cien navíos y tres mil hombres desbarató a la Armada Real de China compuesta por más de mil doscientos navíos y cien mil soldados. Una vez rehecha, la Armada lo combatió y derrotó, pero no del todo; Li- Ma- Hong consiguió huir y se apoderó de las naves que había fondeadas en Fukien. Con ellas se dirigió a la Isla de Lu para pelear con un corsario, enemigo suyo, llamado Lintoquian al que arrebató cincuenta y siete navíos. Acosado por la Armada Real, que le seguía la pista, luchó contra ellos, los venció y decidió descansar un tiempo en la Isla de Tacoatican. Allí se le pierde la pista, hasta hoy. Según el capitán Sinsay, Li- Ma- Hong siempre ha querido unas tierras para erigirse rey de ellas y establecer un refugio permanente. Sinsay considera que el asalto de esta mañana da a entender que las tierras elegidas son éstas.
Lavezaris era un hombre prudente. Los años le habían llevado a ser cauteloso. No le asustaba el peligro, había recorrido el mundo luchando contra todo tipo de adversidades, incluso había conseguido escapar de la isla de Ambon, en Indonesia, donde los portugueses tenían una prisión. Pero en esta ocasión, ante la descripción de la misteriosa figura que había dirigido el ataque a su ciudad, escuchaba alarmado. En ningún momento de la intensa jornada que había vivido había pensado que el enemigo fuera tan peligroso. Y el relato no había terminado.

- No es por asustarte, Guido, pero entre las hazañas de ese mal nacido se cuenta que en una ciudad de China pasó a cuchillo, en un sólo día, a cien mil personas. Nada le detiene. Viaja con buen armamento, fuertes navíos e, incluso, con mujeres y niños. Gobierna su flota como si se tratara de una fortaleza. Orden y control. Según Sinsay, lo de hoy ha sido una primera toma de contacto. Li- Ma- Hong regresará con más guerreros. Aconseja que nos fortifiquemos y quitemos la paja de los tejados.

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