jueves, 8 de diciembre de 2011

ASALTO A MANILA 1

La tarde a pesar del viento era tranquila en Manila aquel 29 de noviembre de 1.574. Los cargadores del puerto se afanaban en completar la tarea para ir a descansar a sus casas. El maestre de campo, Martín de Goiti, paseaba en compañía del gobernador, Guido de Lavezaris, contemplando los barcos del vecino Reino de China los cuales amarrados se balanceaban por las olas que el aire levantaba en la laguna. Estaban de acuerdo en que esa noche iba a haber tormenta. Saludaron con la mano a Andrés de Cauchela y Salvador de Aldave, oficiales reales de Filipinas, que hablaban animadamente con un capitán chino muy elegante. El sol brillaba en lo alto pero pronto descendería. "¡Qué rápido se hace de noche en estas islas!" comentaba Martín de Goiti a su buen amigo Lavezaris. Éste asentía posando la mirada en dos frailes que andaban en sentido contrario al suyo. "Hay que pensar en mandar una embajada a China. Nuestras relaciones comerciales cada día van mejor" le dijo mientras inclinaba respetuoso su cabeza en señal de saludo a los dos agustinos. "Sí, estoy de acuerdo. Los lazos que nos unen a los chinos se estrechan por momentos. Saben que, mientras estemos aquí, no tienen nada que temer de los moros. Habrá que pensar en una embajada de paz". Martín de Goiti tosió y pidió perdón a su acompañante. "Creo que me voy a meter en la cama esta noche y no voy a salir en un par de días, hasta que se me quite este maldito resfriado". Lavezaris sonrió. "Lo mejor que podemos hacer es tomarnos una copa de vino o de ese licor de arroz tan fuerte que nos regalan cada vez que llega uno de esos barcos".


Andando pausados se fueron acercando hasta el fuerte donde vivía el gobernador y atravesaron el patio hasta las Casas Reales que estaban en el centro. "Guido,- comentó Martín de Goiti- esto no le va a gustar al nuevo gobernador. Un hombre que lleva varios años en México debe de estar acostumbrado a algunos pequeños lujos y la minúscula habitación que usas para despachar los asuntos oficiales le va a parecer una pocilga. Si por lo menos ordenaras los papeles…" El maestre de campo empezó a reír a carcajadas, la hilaridad le produjo un nuevo acceso de tos que amenazó con partirle el pecho. "Anda, toma Martín, que te vas a morir en cualquier momento como no te cuides". El maestre de campo cogió la copa de licor sangley y se la bebió de un trago, el fuego le bajó por el esófago calmándole las convulsiones. "Ésta es la mejor medicina, pero no se lo digas a mi mujer." La luz comenzaba a aflojar y apenas entraba por el ventanuco del cuarto.

Setenta navíos de guerra se escondían a los ojos de Manila detrás de la Isla del Corregidor, unas dos leguas los separaban de la playa de Paañaque. Cuatrocientos hombres esperaban la orden de partida en varios bateles. No se oía una voz, tan sólo el rugir del mar que se agitaba por momentos haciendo peligrar la estabilidad de las barcas cargadas en exceso con hombres armados. Un toque de campaña los puso en movimiento, los remos peleaban con el agua y comenzaron a dar la vuelta a la isla, las olas se agrandaron, un primer batel volcó. Los hombres, expertos nadadores, intentaron darle la vuelta para montar de nuevo en él, pero la corriente hacía inútiles sus esfuerzos. Una gran ola elevó la barca y la estrelló contra las rocas, dos hombres no pudieron soltarse a tiempo y los gritos, al chocar sus cuerpos contra las aristas de las piedras, se oyeron por encima del sordo golpetear de los remos de las otras lanchas. Nadie fue a ayudarles. Los restantes náufragos nadaron hacia uno de los galeones que había tirado por la borda las escalas de cuerda y, como hormigas, comenzaron el ascenso. A lo lejos otra barca dio la vuelta cayendo sus ocupantes al mar embravecido. El viento azotaba los barcos escondidos tras la isla, la campana llamó a retirada a los bateles que, lentamente, iniciaron el regreso a los grandes buques, un tercer bote perdió el equilibrio. Las escalas colgaban de los costados de los navíos y los soldados, con gran habilidad, treparon por ellas. La noche estaba cercana, casi no había luz.

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